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    Sexualidad .

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    Tefi Trosch

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    Sexualidad .

    Mensaje  Tefi Trosch el Miér Feb 02, 2011 10:13 pm

    Freud, a diferencia de la sociedad de su época, no sólo admitía la sexualidad del adulto, justificada por la perpetuación de la especie, centrada en la función de la reproducción, sino que también tomaba en cuenta la sexualidad infantil y la perversa.

    Si nos interrogamos por lo sexual, podemos centrarnos en torno al acto sexual en el sentido de aquello por lo cual se obtendría una ganancia de placer a través de la unión de los órganos genitales del otro sexo, pero se excluyen otras situaciones en las cuales no cuenta como condición la diferencia de los sexos; a estas personas las llamamos homosexuales o invertidos, y en ellas sólo los de su mismo sexo pueden excitar sus deseos sexuales. En lo constitucional, todos los seres humanos somos capaces de una elección de objeto del mismo sexo, esto queda latente o se desarrolla por determinadas variables que se ponen en juego en la singularidad de cada historia. Nada estaría dado de antemano ni constituye una obviedad, la conducta sexual definitiva sólo se determina en la pubertad.

    De alguna manera, estos hacen con su objeto sexual más o menos lo mismo que los normales con el suyo. Así, Freud concluye que no hay enlace fijo entre pulsión sexual y objeto, sino una “soldadura”, un nexo débil que hace que afirmemos que el objeto sexual en este contexto es errático, contingente.

    Sin embargo, sigue luego una larga serie de anormales, a los cuales dividimos en dos grupos: aquellos en los que se ha mudado el objeto sexual (como en el caso de los homosexuales) y aquellos en quienes principalmente se alteró la meta sexual; como en el caso de los llamados fetichistas que han resignado enteramente como objeto los genitales, elevando en su reemplazo otra parte del cuerpo a la condición de objeto anhelado, como por ejemplo un pie, una trenza. Estos, primeramente tienen relación con el objeto sexual, pero luego se independizan y lo sustituyen totalmente. Cuando hay un reemplazo del objeto sexual por el fetiche, hallamos exclusividad y fijación, se fetichizan objetos vinculados al sexual sobrevalorado, sobreestimado; lo cual no constituye una perversión, pero se reconoce como patológico cuando el objeto fetiche reemplaza por ejemplo al amado, y se desprende de esa persona pasando a ser un objeto sexual por sí mismo.

    Por otra parte, existen aquellos que han establecido como meta de los deseos sexuales lo que normalmente es sólo una acción preliminar y preparatoria. Así, encontramos a los sádicos, cuya meta es infligir dolores y martirizar a su objeto; y los masoquistas, cuyo placer es soportar de su objeto amado toda clase de humillaciones y martirios, tanto en forma simbólica como real.

    De cualquier modo, el perverso hace lo que el neurótico sueña hacer. Así, los síntomas son una expresión de pulsiones sexuales que serían perversas si se exteriorizan directamente. Se manifiestan de manera indirecta, por medio del síntoma, de ahí que Freud afirma que “la neurosis es el negativo de la perversión”.



    En relación a la sexualidad perversa nos encontramos ahora con la sexualidad infantil, la cual debió ser tomada en consideración, puesto que en el análisis de síntomas en los adultos, los recuerdos y ocurrencias reconducían a los primeros años de la infancia. Como resultado, se concluyó que todas las inclinaciones perversas se arraigan en la infancia, los niños tienen toda la disposición a ellas y las ponen en práctica en la medida que corresponde a su inmadurez. La sexualidad perversa no es otra cosa que la sexualidad infantil aumentada y descompuesta en sus mociones singulares.

    Existía un prejuicio del niño asexuado que tiene como fundamento un motivo económico instaurado por la sociedad: como no posee los medios para mantener a sus miembros sin que trabajen, tienen que restringir su número y desviar sus energías de la práctica sexual para volcarlas al trabajo. Para ello se prohibieron y desalentaron en el niño casi todas las prácticas sexuales.

    Freud cuestiona este prejuicio, y si la sexualidad despierta en la pubertad. A través de tratamientos con sus pacientes descubre ciertas “exteriorizaciones sexuales infantiles”, las cuales son: el chupetear o mamar con deleite, el retener y expulsar heces y el onanismo. Todas ellas poseen los siguientes rasgos: nacen apuntalándose en una de las funciones corporales importantes para la vida (nutrición, excreción, micción), es autoerótica (la pulsión no se dirige a otra persona, se satisface en el cuerpo propio), y su meta sexual se encuentra bajo el imperio de una zona erógena.

    Así observó una primacía oral, anal, fálica y sólo en la pubertad declara el establecimiento de la primacía genital.

    Consiguientemente la organización libidinal se compone de ciertas fases llamadas pregenitales (oral y anal) y por una fase fálica interrumpida por el período de latencia sexual hasta la instauración en la pubertad, de la genitalidad del adulto.

    En la fase oral el niño obtiene satisfacción a través del pecho materno (objeto), es decir, que ésta estaría apuntalada en la necesidad de alimento, o sea, la incorporación del objeto (meta sexual).

    Al principio la satisfacción no está conectada a la nutrición, y los labios y mucosas bucales constituyen una zona erógena. No hay aún opuestos pulsionales porque si bien el niño comienza tomando un objeto ajeno (pecho materno), no distingue que esté fuera de él. Lentamente se va separando la nutrición de la satisfacción sexual y queda un residuo que es el chupeteo. Esto se produce cuando se vuelve hacia su propio cuerpo, es decir, que halla el objeto allí y convierte la actividad en autoerótica.

    En la fase anal, el niño obtiene una satisfacción que se apuntala en la función corporal de la eliminación de heces. Al adquirir el control de esfínteres anales, regula esta actividad a través de la retención y expulsión (meta sexual) que provocan intensas sensaciones en la mucosa del recto, procurando la mayor satisfacción posible. Aparecen los opuestos pulsionales: activamente retiene y expulsa a través de la musculatura y recibe pasivamente placer en la mucosa erógena del intestino.

    El niño retiene para procurarse placer, pero también para marcar su relación con el medio: como expresión de obediencia ofrece las heces como el primer regalo; y como expresión de desafío rehusándose a someterse al mandato materno en el lugar y momento que se le indica.

    La Face fálica u organización genital infantil, comienza cuando el niño descubre sus genitales y las sensaciones que le proveen. Luego ingresa al período de latencia, en la que aparecen inhibiciones en la pulsión sexual en forma de diques anímicos, que detienen parte de las pulsiones, y se llega por ejemplo al pudor en oposición al exhibicionismo.

    Durante las fases pregenitales y en la fase fálica el niño se permite todo. Es una sexualidad polimorfa porque busca el placer en múltiples formas, y perversa porque no tiene como fin el coito reproductivo.

    El niño no tiene aún diques anímicos (VERGÜENZA, ASCO Y MORAL). Le gusta mostrarse desnudo (PULSIÓN DE EXHIBIRSE), mirar los genitales de otros niños (PULSIÓN DE VER), y se siente influído por la seducción. Es también cruel (PULSIÓN DE APODERAMIENTO), hasta que surjan los diques anímicos no tendrá compasión o cuidado por el dolor ajeno.

    Si nos referimos a la investigación sexual infantil, Freud hace referencia a la PULSION DEL SABER (combinación de la pulsión de apoderamiento y de ver), en donde el niño investiga de dónde vienen los bebes, y cómo se relacionan sexualmente los padres.

    Para la primera cuestión surgen diversas teorías sexuales infantiles, supone primero por ejemplo, que la madre se ha comido algo, y lo expulsa por el intestino o salen por el ombligo, etc. Para la segunda cuestión observa que el padre tiene que tener algún papel, pero no sabe cuál. Si ve un acto sexual, pensará que es un maltrato del mismo hacia la madre (MALENTENDIDO SÁDICO DEL COITO)

    Lo que caracteriza esta fase es el descubrimiento del niño de que no todos los seres tienen pene, pero responde a una lógica atributiva reconociendo un solo órgano genital, el masculino, lo cual se denomina “premisa universal del pene”.

    Al comienzo niega tal falta en la niña, y afirma que ya le crecerá, después supone ver el resultado de un corte apareciendo el temor, creyendo además, que algunas mujeres muy ruines lo perdieron pero que su madre, aún lo tiene.

    Sólo deja de asignarle un pene a ella, cuando conoce el nacimiento de los bebés, aceptando esta falta por una compensación (no tiene pene pero puede tener un niño, aunque desconociendo el genital femenino).

    Este es el momento crucial en donde reconoce la castración en la madre, que lo hace retroceder; y así considera las amenazas que recibe de sus padres,(por tocarse o mojar la cama) aquellas que verbales cobran vigor a partir de la visión de ausencia dando lugar al complejo de castración de la fase fálica.

    En cuanto a la niña ocurre algo diferente, se produce una envidia fálica (ve sabe que no lo tiene y quiere tenerlo) .Su clítoris ejerce el mismo papel del pene en cuanto a excitabilidad, y luego deberá cederla a la vagina. Desarrolla por eso un sentimiento de inferioridad, afloja el vinculo cariñoso hacia a la madre por haberla traído al mundo de forma incompleta, desiste de la masturbación y se conduce a la femineidad, y renuncia a la idea de pene y la sustituye por la idea de hijo, tomando al padre como objeto de amor. Por el complejo de Edipo, buscará sustituir a la madre, para estar junto a su padre

    A partir del complejo de castración, los desarrollos sexuales del hombre y de la mujer, ni son paralelos ni simétricos. El niño sale del complejo de Edipo por la amenaza de la castración mientras que por el complejo de Castración, la niña entra en el de Edipo.

    En el varón, se le presentarán dos cuestiones con respecto al complejo de castración: por un lado la amenaza imaginaria de perder su pene, y por otro, el tener que desalojarse, arrancarse de la relación con el objeto amoroso, incestuoso, su madre. Su destino como ser sexuado dependerá entonces, de esta capacidad de arrancarse, de irse de este lugar, siempre y cuando lleve consigo la energía libidinal para poder investir otros objetos amorosos.

    Tras el sepultamiento del Complejo de Edipo, las tendencias libidinosas se mudan en tendencias sentimentales y la instancia parental es introyectada como Superyó

    Así se inicia el período de latencia sexual que interrumpe la Organización Genital Infantil, anunciando el acceso a la instauración de la pubertad.

    De esta manera, Freud establece un paralelo entre la organización infantil de la fase fálica y la organización genital del adulto.

    El objeto sexual no es incestuoso. Su elección se ejecuta primeramente en las fantasías. Paralelamente se produce un desprendimiento respecto de la autoridad parental, y quienes no lo logran enfrentan muchas dificultades para encontrar una pareja o sostener una relación amorosa.

    El hallazgo del objeto se realiza por 2 vías:

    1) Apuntalamiento de modelos infantiles (madre nutre, padre protege)

    2) Narcicista que busca al YO propio y lo haya en otros (el que quiso ser, el que fue, el que quiere ser)

    El interés dedicado a los genitales sigue siendo elevado aquí, como en la fase fálica refiriéndose a uno solo de ellos (falo). Sin embargo, ahora todas las pulsiones se ubican bajo el primado de los genitales, mientras que en la infancia se encontraban desconectadas entre sí. Hay un aprestamiento para el coito, toda excitación produce un aumento de tensión que acarrea displacer, y cuya disminución se traduce en placer. Aunque, la estimulación de las zonas erógenas es hallada como una TENSIÓN PLACENTERA.

    El placer previo lleva a una búsqueda de placer final de mayor satisfacción. En las perversiones el placer previo es demasiado intenso e impide que el proceso continúe, por lo que la acción preparatoria reemplaza a la meta.

    Aparece aquí, la corriente sensual (abandonando objetos infantiles) en reemplazo de la corriente tierna (hacia los objetos parentales) de la fase de latencia.

    Sólo en la pubertad se establece una distinción entre el CARÁCTER MASCULINO y el CARÁCTER FEMENINO. En la niñez sólo se reconocen DISPOSICIONES MASCULINAS y DISPOSICIONES FEMENINAS: los diques anímicos se instalan en la niña antes de que en el varón porque aparece en ella mayor tendencia a la represión sexual. Sin embargo, la estimulación autoerótica es la misma para ambos, lo que cancela en la infancia la posibilidad de una diferencia entre los sexos como en la pubertad.

    Por otra parte, lo anatómico no determinará la función sexual, porque hay una ruptura entre éste, respecto de la diferencia sexual, la función reproductiva y el psiquismo. Lacan expresará “En el psiquismo no hay nada que permita al sujeto situarse como ser macho o ser hembra”.

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